NOTAS DE VIAJE Nº 01 · FLORENCIA
El sombrero de Florencia
Una semana viajando sola, una ciudad recorrida sin prisas y un sombrero que, casi veinte años después, todavía guarda aquel viaje.
Tengo un sombrero gris que parece salido de 1948.
Es de lana, abrigado y suave. Lleva una flor en el lado derecho, sobre el ala que cae más larga; en el izquierdo, el ala se acorta y se dobla coquetamente hacia arriba.
Aunque no siempre.
A veces la llevo hacia abajo.
Depende del frío.
O del ánimo.
Compré ese sombrero en Florencia hace casi veinte años. Creo que fue en abril de 2006, durante un viaje que había decidido hacer sola.
No era la primera vez que viajaba así, sola con mi alma. Generalmente viajo con mi pareja o con amigos.
Pero a veces salgo al mundo sola, porque me gusta. Otras, porque no encuentro a alguien que quiera conocer el mismo lugar que yo en el mismo momento. Y también hay destinos que prefiero descubrir sola, por lo que imagino que significarán para mí.
Florencia era uno de ellos.
Viajar al ritmo de los demás
Había estado visitando a una amiga en Francia. Desde Lyon tomé un tren hasta Milán, cambié de tren y seguí hasta Roma.
Después de pasar varios días allí, continué mi camino hacia Florencia.
Quería conocerla.
Descubrirla.
Caminarla.
Pero, sobre todo, quería hacerlo con calma.
Yo, cuando viajo sola, viajo despacio. Puedo pasar una tarde entera mirando cuadros en la Galleria degli Uffizi. Detenerme frente a una fachada, entrar en un edificio porque me interesa su historia o caminar durante horas sin sentir que debería estar llegando a alguna parte.
La realidad es que cuando viajas con otras personas, inevitablemente te adaptas un poco a sus tiempos y a sus gustos. Aunque nadie se queje. Aunque te digan que no tienen prisa. Aunque aseguren que les parece estupendo que sigas contemplando el mismo cuadro veinte minutos más.
Una parte de ti sabe que hay alguien esperando.
Y eso cambia tu manera de mirar.
En Florencia no tenía que preguntarle a nadie si quería entrar, quedarse, seguir caminando o sentarse un rato. No tenía que negociar horarios ni calcular cuánto tiempo era razonable dedicarle a una galería.
Durante una semana, el tiempo fue completamente mío.
Me alojé en un hotel pequeño y recorrí la ciudad sin prisa. Sin sentirme sola ni una sola vez.
Estaba sola, sí. Pero no me sentía sola. Y no es lo mismo. ¿Se entiende?
Antes de llegar al David
Una de aquellas mañanas, después de mi colazione (ristretto e cornetto con marmellata) fui a la Galleria dell’Accademia para ver el David de Miguel Ángel.
Sabía lo que iba a encontrar. Había visto fotografías (cientos). Conocía la escultura. Sabía cuánto medía, quién la había creado, por qué era una de las grandes obras del Renacimiento y por qué provocaba tanta fascinación.
O al menos creía saberlo.
Nada de eso me preparó para tenerlo delante.
Antes de llegar a él, el recorrido pasa junto a los cuatro Prisioneros, también llamados Esclavos, de Miguel Ángel. Figuras inacabadas que parecen luchar por salir de los bloques de mármol que todavía las contienen.
Es como si custodiaran el camino. Vigilantes de piedra, atentos, eternos.
Y después aparece el David.
Reconozco que no estaba realmente preparada. Me impresionó su majestuosidad. La perfección del cuerpo. La fuerza de la mirada. Esa tensión contenida de quien todavía no ha lanzado la piedra, pero ya tiene la decisión tomada.
No esperaba que su presencia fuera tan poderosa.
Hay obras que conocemos desde siempre y que, precisamente por eso, creemos haber visto.
Hasta que un día estamos frente a ellas.
Entonces descubrimos que no sabíamos nada.
Lo que encontré mientras buscaba otra cosa
Después de salir de la galería, seguí caminando hacia el Ospedale degli Innocenti.
Quería conocer aquel edificio diseñado por Brunelleschi y acercarme a la historia de una institución creada en el siglo XV para acoger, cuidar y educar a niños abandonados.
Iba tranquilamente hacia allí cuando encontré el mercado.
No sabía que estaba.
No lo había marcado en un mapa ni anotado en una lista de lugares que debía visitar. Simplemente apareció durante el camino, como suelen aparecer algunas de las mejores cosas de un viaje, cuando nos dejamos espacio para encontrarlas.
En uno de los puestos había una mujer de unos treinta y cinco años que vendía sombreros hechos a mano.
Tenía muchos.
Todos eran hermosos.
Nos quedamos hablando un buen rato. No recuerdo de qué hablamos exactamente, pero sí recuerdo sus sombreros. Y recuerdo aquel, gris, con una flor a un lado y una solapa desigual que le daba un aire elegante, antiguo y un poco coqueto.
Me lo probé.
Y lo sentí mío.
No necesité probarme otro.
No comparé.
No seguí buscando.
Hay cosas que elegimos después de pensarlo mucho.
Y hay otras que, de alguna manera, ya nos estaban esperando. Como ese sombrero.
Estrené el sombrero en Florencia, no pude resistir la tentación de pasearlo por las calles florentinas.
Casi veinte años después
He seguido comprando sombreros desde entonces.
Tengo muchísimos. Todos bonitos. Todos especiales. Todos comprados en lugares, que, por una razón u otra, significan algo para mí.
Pero ninguno es el sombrero de Florencia.
Casi veinte años después, continúa siendo exquisito, cómodo y abrigado. La lana ha resistido inviernos, mudanzas y cambios que la mujer que yo era entonces, mientras recorría Florencia sola, todavía no podía imaginar.
He cambiado desde entonces. La vida, como a todos, me fue moldeando un poco.
El sombrero, en cambio, sigue ajustándose perfectamente a mi cabeza.
Algunas veces llevo la solapa izquierda doblada hacia arriba, tal como fue diseñada. Otras, cuando hace más frío o cuando sencillamente me apetece, la bajo.
Quizá esa sea una de las razones por las que todavía me gusta tanto.
Nunca ha dejado de ser el mismo sombrero, pero me permite llevarlo de distintas maneras.
Un poco como los viajes que recordamos.
Permanecen.
Pero no significan siempre lo mismo.
Hay recuerdos que guardamos en fotografías, billetes, entradas de museos o nombres escritos en una libreta.
Y hay otros que podemos ponernos.
Cuando uso mi sombrero gris, no recuerdo solamente el puesto donde lo compré.
Recuerdo el tren desde Lyon.
El cambio en Milán.
Los días en Roma.
Mi pequeño hotel.
Las horas frente a los cuadros.
Los Prisioneros emergiendo del mármol.
La mirada del David.
El camino hacia el Ospedale degli Innocenti.
La ciudad.
El mercado.
Y a mí, allí.
Caminando sola por Florencia.
Sin sentirme sola.
Sin tener prisa.
Sin saber que, casi veinte años después, todavía podría ponerme aquel viaje sobre la cabeza.
