No llenes el viaje. Deja que pasen cosas.
Hay algo que hacemos muchísimo cuando organizamos un viaje. Ojo, no sólo tu. Todos. Que nadie está solo en este problemita de “llenar tiempos”, “cubrir espacios”.
Todos, tarde o temprano hemos pecado de lo mismo:
llenar el viaje.
Es que… ya que vamos a Roma, habrá que aprovechar, ¿no?
Entonces organizamos jornadas maratónicas, caminando 21.94km al día.
Coliseo por la mañana.
Aprovechemos que hemos comprado la entrada conjunta y veamos el Foro Romano, que está enfrente.
Comer algo rápido, sentada al sol.
Vaticano a las tres, que, aunque nos dé tortícolis no podemos perdernos la Capilla Sixtina, escuchando al guardia decir “NO FOTO”, y recorrer los Museos Vaticanos corriendo, literalmente.
Después Piazza Navona. De ahí a buscar la Fontana di Trevi, que tenemos que pararnos de espaldas y tirar la moneda sobre el hombro, que todos queremos regresar a Roma.
Y si todavía conservamos sensibilidad en los pies, quizá podamos acercarnos a Trastevere antes de cenar.
Al día siguiente, más.
Porque hemos venido a Roma por tres días.
Y hay que verla.
Toda.
No podemos perdernos nada de lo que dicen los 4.834 artículos que hemos visto en internet de gente que se supone que conoce la ciudad y nos dice los 43 lugares imperdibles.
No importa que Roma lleve más de dos mil años ahí y nosotros tengamos sólo tres días.
Hay que intentarlo.
Y entonces empezamos a viajar con una pequeña lista invisible instalada en la cabeza.
Y otra aún más larga copiada en el móvil, listos para hacer checks a todo lo que veamos.
Visto.
Visto.
Visto.
Foto.
Siguiente.
Hasta que llega un momento en el que ya no sabes muy bien si estás conociendo Roma o completando un formulario.
Y ojo.
A mí también me pasa.
Hay demasiadas cosas que quiero ver. Demasiadas historias que quiero conocer. Demasiados lugares a los que probablemente no vuelva.
Así que aparece esa vocecita:
Ya que estás aquí…
Peligrosísima.
Porque detrás de un ya que estás aquí suele venir otra iglesia, otro museo, otro pueblo a cuarenta kilómetros o esa excursión que técnicamente cabe entre las 15:20 y las 18:45.
Cabe.
Claro que cabe.
La pregunta es si hace falta.
Dejar un hueco
Hace muchos años que trabajo con viajes.
Los he vendido.
Los he organizado.
Los he diseñado.
Los he hecho.
Y también, hace ya bastante, cuando empecé en este mundo, los he arruinado un poquito intentando hacer demasiadas cosas.
Con el tiempo he descubierto que algunos de los momentos que más recuerdo ocurrieron precisamente cuando no había nada previsto.
Una sobremesa que se alargó.
Una conversación.
Entrar en una librería porque estaba lloviendo.
Sentarme en una plaza.
Cambiar de restaurante porque el que había elegido estaba cerrado.
Tomar una calle equivocada.
Perderme.
Perderse tenía antes otra dimensión.
No teníamos un puntito azul diciéndonos exactamente dónde estábamos.
No había una voz avisando:
Recalculando ruta.
Preguntabas con tu mejor sonrisa.
Volvías sobre tus pasos.
Mirabas nombres de calles.
Intentabas interpretar un mapa que, misteriosamente, parecía mucho más sencillo cuando estaba extendido sobre la mesa del hotel.
Y alguna vez terminabas donde querías llegar.
Otras, no.
Pero entre una cosa y la otra pasaban cosas.
Hoy cuesta muchísimo más perderse.
Podemos saber dónde estamos en prácticamente cualquier momento.
Podemos mirar el restaurante antes de entrar.
Leer el menú.
Ver las fotografías de los platos.
Comprobar las reseñas.
Saber cuánto tardaremos andando.
Incluso recorrer virtualmente la calle antes de poner un pie en ella.
Todo eso es fantástico.
A veces yo también lo hago.
Pero hay una pequeña consecuencia.
Cada vez dejamos menos espacio para no saber.
Para descubrir.
Para equivocarnos.
Para disfrutar un poco de la incertidumbre.
No todo lo bueno tiene que estar previsto
Hay una tranquilidad enorme en tener un viaje bien organizado.
Saber dónde vas a dormir.
Tener entradas para aquello que realmente quieres visitar.
No descubrir delante del Coliseo que los tickets se agotaron hace tres semanas, porque justo estás en Roma en abril, cuando la ciudad cumple años.
Organizar sirve.
Muchísimo.
No voy a decirte que no.
Pero organizar un viaje y controlarlo completamente son dos cosas diferentes.
Porque hay experiencias que puedes preparar.
Y otras que necesitan un poco de espacio para aparecer.
No puedes programar:
16:35 — encontrar un café diminuto donde hacen la mejor tarta de limón de tu vida.
Ni:
18:10 — conversación inesperada con una señora que vive en el pueblo desde 1947.
Ni:
martes por la tarde — calle equivocada que termina siendo preciosa.
Ni siquiera:
21:42 — decidir que estamos tan a gusto aquí que no vamos a ningún otro sitio.
Esas cosas ocurren.
Pero para que ocurran hace falta algo que cada vez incluimos menos en los itinerarios.
Tiempo disponible.
Perderse también es una forma de viajar
No estoy proponiendo tirar Google Maps al río.
Tampoco hace falta convertir unas vacaciones en una prueba de supervivencia.
Hablo de algo bastante menos épico.
Salir a caminar sin haber decidido exactamente dónde vas a terminar.
Doblar por una calle porque parece bonita.
Entrar en un sitio porque huele bien.
Sentarte porque estás cansado.
Cambiar de planes.
Volver antes.
Quedarte más.
Permitir que el lugar intervenga en el viaje.
Porque si absolutamente todo está decidido antes de llegar, ocurre algo curioso.
El destino se convierte en el escenario donde ejecutamos nuestro itinerario.
Un escenario donde estamos actuando.
Actúas tú.
Actúo yo.
Y los locales que hacen de extras.
Llegamos.
Cumplimos.
Tomamos varias fotos instagrameables.
Nos vamos.
Y quizá viajar pueda ser también otra cosa.
Llegar con un plan, sí.
Pero dejar algunos espacios en blanco para que el propio viaje los complete.
Esto también importa cuando diseñas viajes para otros
Cuando diseñas una experiencia turística existe una tentación bastante comprensible.
Demostrar valor.
Y una de las maneras más fáciles de demostrarlo parece ser añadir cosas.
Una visita más.
Otra actividad.
Una degustación.
Un monumento.
Un traslado.
Una excursión.
Otro “incluido”.
El itinerario engorda y el precio parece cada vez más justificado.
Mira todo lo que incluye por este precio.
Pero más cosas no significan necesariamente más experiencia.
A veces significan simplemente más cosas.
Y un viajero cansado.
Diseñar bien un viaje también implica decidir dónde parar.
Qué merece tres horas y no cuarenta minutos.
Qué podemos quitar.
Dónde conviene llegar más tarde.
Dónde podemos quedarnos un poco más.
Y dónde sería maravilloso escribir simplemente:
Tarde libre.
Sin sentir que hemos dejado el itinerario incompleto.
Porque quizá no está incompleto.
Quizá hemos dejado sitio para el viajero.
Una tarde libre no está vacía
Esto me parece importante.
Cuando miramos un itinerario, tendemos a pensar que los espacios sin actividades están vacíos. E instintivamente queremos “llenarlos”, con lo que sea.
Pero una tarde libre puede contener muchísimo.
Puede contener una siesta.
Sí. Una siesta también forma parte de unas vacaciones y nadie debería tener que disculparse por ella.
Puede contener una cerveza, en una plaza, viendo la vida pasar.
Una tienda que no conocías.
Un paseo a orillas del río.
Una conversación.
Volver a un sitio que te gustó.
Separarte del grupo un rato.
Comprar algo absurdo.
No hacer nada.
O perderte.
Y quizá acabar encontrando algo que ninguna persona podía haber incluido previamente en tu itinerario.
Porque todavía no había ocurrido.
Deja que pasen cosas
Un buen viaje necesita cierta estructura.
Claro.
Pero también necesita aire.
Ritmo.
Pausas.
Espacios donde no sabemos exactamente qué va a ocurrir.
Es curioso.
Cuando diseñamos una web, muchas veces el trabajo consiste en quitar cosas para que lo importante pueda respirar.
Cuando diseñamos un espacio, dejamos zonas vacías.
Cuando escribimos, necesitamos puntos.
Párrafos.
Silencios.
¿Por qué cuando diseñamos un viaje sentimos tantas veces la necesidad de llenar cada hueco?
Quizá no tengamos que hacerlo.
Quizá una buena experiencia no sea aquella en la que conseguimos meter más cosas.
Sino aquella en la que elegimos bien cuáles merecen estar.
Y después dejamos un poco de espacio.
Para cambiar de idea.
Para sentarnos.
Para mirar.
Para equivocarnos de calle.
Para descubrir algo que no aparecía en ninguna lista.
Para perdernos un poco.
Porque a veces, cuando dejamos de intentar controlar cada minuto del viaje, ocurre precisamente aquello que habíamos ido a buscar.
