A la izquierda, después de los tres ulmos

Te digo la verdad. No recuerdo el nombre del camping.

Era 1994 y estaba en Las Cascadas, un pequeño pueblo a orillas del lago Llanquihue, en el sur de Chile.
Más que un pueblo, era un conjunto de casas que bordeaba la carretera. De un lado el lago. Del otro los inmensos faldeos del volcán Osorno.

Eso sí lo recuerdo.

También recuerdo que viajaba con Juan, mi novio de entonces. Pelirrojo, pelo largo y flaco como una espiga.

Y recuerdo que llevaba conmigo mis infaltables: un cuaderno (siempre un cuaderno y varios bolis…) y un libro.

El Hobbit.

Hay datos que mi memoria decidió conservar y otros que, por algún motivo, desaparecieron para siempre.
La memoria, como todo, es selectiva.

El nombre del camping se fue.

Lo que pasó aquel día decididamente no.

Unas sopaipillas y un camino

En algún momento, caminando entre las casas pequeñas, nos encontramos con una señora muy mayor. Una de esas viejitas que tienes miedo que se quiebren si el viento les golpea fuerte.

Salió de una casa pequeña y humilde, de madera despintada de un blanco que llevaba demasiados inviernos siendo blanco.

Nos convidó sopaipillas recién hechas.
Con pebre.
Estaban buenísimas.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos hablando con ella. Pero sí recuerdo que le preguntamos cómo llegar a una cascada que había por allí. El nombre del pueblo tenía que hacer referencia a algo, ¿no?

Y entonces, con toda su paciencia, y con amor a su tierra, empezó a explicarnos el camino.

No había Google Maps, ni smartphones.
No había un enlace que pudiéramos guardar.
Ni ubicación compartida.

Tampoco un cartel indicando:

CASCADA → 1,7 KM

Sólo había que escuchar la voz suave de esa viejita.

Y sus indicaciones eran más o menos así:

“Caminan unos doscientos metros.
Van a encontrar un árbol grande caído, atravesando el camino.
Lo saltan.
Después toman una senda muy angosta que sale hacia la izquierda. Presten atención, porque es fácil no verla si ha crecido la maleza.
Siguen hasta encontrar tres ulmos juntos.
Y desde allí…”

No recuerdo las instrucciones exactas.

Ojalá las recordara.

Pero recuerdo perfectamente cómo eran, y que las anoté a la rápida en un papel. Mal día para dejar mi cuaderno en la carpa…, aunque si llevaba mi libro, no sé muy bien por qué.

Todo el camino estaba construido con árboles, senderos, curvas y pequeñas señales que había que descubrir.

Un árbol caído.

Una senda estrecha.

Tres ulmos.

Otra referencia.

Y después otra.

Parecía que aquella señora no nos estaba explicando cómo llegar a una cascada.

Parecía que nos estaba mandando a una aventura.
A buscar la guarida de Smaug…

Y fuimos.

Seguimos sus indicaciones, con el trozo de papel entre los dedos.

Árbol por árbol.

Desvío por desvío.

Como dos personajes bastante desorientados de Tolkien, aunque sin Gandalf y con muchas menos posibilidades de salvar la Tierra Media.

Yo llevaba El Hobbit conmigo, así que quizá mi imaginación estaba haciendo parte del trabajo.

Pero recuerdo aquella sensación.

La de avanzar por el bosque buscando las señales que nos había dado.

Encontrar una.

Seguir.

Encontrar la siguiente.

Y continuar, mientras escuchábamos el sonido del agua cayendo, cada vez más fuerte.

Hasta que finalmente llegamos.

Allí estaba.

Una cascada perdida en medio del bosque.

Agua cristalina.

Fría.

El ruido del agua rompiendo el silencio.

Y nosotros dos allí, solos, en la inmensidad del bosque.

Habíamos encontrado la cascada.

Pero, de alguna manera, el camino había terminado formando parte de ella.

Han pasado más de treinta años

Y aquí está lo curioso.

No recuerdo el nombre del camping.
No recuerdo qué comimos aquella noche.
No podría decir qué ropa llevaba.

Probablemente haya olvidado casi todo lo que hicimos durante aquel día.

Pero recuerdo una casa de madera despintada.

Recuerdo a aquella señora, con sus manos arrugadas y flacas.
Las sopaipillas calientes.
El pebre.
El árbol caído.

Los tres ulmos.

El libro que llevaba conmigo.

Y aquella cascada escondida en el bosque.

Más de treinta años después, esa sigue siendo una de las historias de aquel viaje.

Quizá por eso contamos los viajes como los contamos

Cuando alguien vuelve de un viaje, rara vez empieza diciendo:

Dormí seis noches.
Visité cuatro pueblos.
Hice tres excursiones.
El hotel tenía desayuno incluido.

Cuenta otra cosa.

Cuenta el día que se perdió.
La persona que conoció.
El restaurante al que llegó por casualidad.
La tormenta que cambió todos los planes.
Aquella conversación.
El camino que no aparecía en el mapa.
El sitio que encontró cuando estaba buscando otro.

Contamos historias.

Porque los datos sirven para organizar un viaje.

Pero las historias son las que muchas veces consiguen que lo recordemos.

Tu viaje también tiene historias

Y aquí es donde esto deja de ser únicamente una historia sobre dos jóvenes siguiendo las indicaciones de una señora en un bosque del sur de Chile.

Porque si diseñas viajes, tienes un hotel, organizas excursiones o has creado una experiencia turística, probablemente estés rodeado de historias.

El problema es que quizá no las estés mirando, o creas que no son interesantes.

Pero, dime…

¿Por qué elegiste ese lugar?
¿Quién vive allí?
¿Qué ocurrió la primera vez que hiciste ese recorrido?
¿Por qué paras en ese pequeño restaurante y no en el que aparece primero en Google, con 4.8 estrellas?
¿Qué historia tiene la casa donde dormirán tus viajeros?
¿Por qué decidiste dejar aquella tarde sin ninguna actividad?
¿Qué sabe la persona que acompaña el viaje que no aparece en ninguna guía?

Ahí hay historias.

Y ninguna necesita empezar con:

“Somos una empresa apasionada por crear experiencias únicas e inolvidables.”

Gracias a los dioses del copy.

La información explica. La historia hace otra cosa.

Claro que necesitamos contar qué incluye un viaje. Nadie compra uno sin saber mínimamente qué está comprando… bueno, casi nadie.

Cuánto cuesta.
Dónde se duerme.
Cuántos días dura.
Qué vamos a visitar.

La información es necesaria.

Pero hay algo que una lista difícilmente puede conseguir.

Hacer que alguien quiera saber qué ocurrió después.

Eso lo hacen las historias.

Y comunicar un viaje también consiste en encontrarlas.

No para adornar una experiencia.

No para inventarle una épica que no tiene.

Sino para contar aquello que ya existe y que explica mucho mejor por qué ese viaje es ese viaje y no cualquier otro.

Quizá dentro de treinta años tu viajero no recuerde el nombre del hotel.
Ni cuánto costó exactamente aquella excursión.
Ni el orden del itinerario.

Pero puede que siga contando algo que ocurrió allí.

Yo todavía cuento lo de aquella señora.

Y si hoy volviera a Las Cascadas, probablemente sería incapaz de encontrar su casa.

Tampoco sabría llegar a aquella cascada.

Aunque quizá podría intentarlo.

Solo tendría que encontrar un árbol caído.

Después tomar una senda estrecha hacia la izquierda.

Y seguir caminando.

Hasta llegar a los tres ulmos.