No quiero convertirme en contenido
Por qué cambié mi nombre en Instagram a copy.anti.influencer, aunque siga trabajando con palabras, diseño y estrategia. Y aunque vaya a compartir este artículo en todas mis redes.
El sábado se me ocurrió que era una buena idea cambiar mi nombre en Instagram.
Ahora soy copy.anti.influencer.
Naturalmente, así como decidí cambiar el nombre, 3 minutos después decidí escribir un artículo para contar por qué lo había hecho y compartirlo en Instagram, Facebook, Threads, Pinterest, LinkedIn e incluso Twitter, que uso todavía menos que Instagram.
Si, eso es posible.
La contradicción no se me escapa. Y la coherencia está sobrevalorada.
Aunque, pensándolo bien, no hay contradicción…
Mira, la verdad es que puedo utilizar las redes sociales sin querer vivir dentro de ellas.
Puedo publicar sin convertir cada cosa que hago en contenido.
Y puedo trabajar en comunicación sin sentir la necesidad de comunicarle al mundo entero qué desayuné, dónde estoy, cómo ha empezado mi mañana o qué reflexión trascendental tuve mientras esperaba que calentara el agua para preparar mi mate matutino.
Mi vida y el algoritmo mantienen una relación cordial.
Pero a distancia.
No necesitan ser amigos ni llevarse bien. Se toleran, que es más que suficiente.
Ojo. No tengo nada contra los influencers
Empecemos por aquí.
No tengo nada contra las personas que disfrutan compartiendo su vida, creando contenido todos los días o hablando frente a una cámara mientras caminan por la calle.
Hay gente que lo hace muy bien.
Hay gente a la que le divierte.
Y también hay personas que han construido alrededor de las redes un trabajo perfectamente legítimo.
El problema aparece cuando ese modelo deja de ser una opción y empieza a presentarse como una obligación para cualquiera que quiera tener una marca personal, conseguir clientes o existir profesionalmente.
Parece que ya no basta con hacer bien tu trabajo.
También tienes que mostrar constantemente que lo estás haciendo. Cómo lo estás haciendo. Cuando lo estás haciendo, y encima poner tu mejor cara de póker.
Publicar.
Grabar.
Contar.
Documentar.
Enseñar el detrás de escena del detrás de escena.
Y, si es posible, hacerlo todos los días, a la misma hora, con una llamada a la acción y una canción que esté siendo tendencia esa semana.
A mí todo eso me agota solo de pensarlo.
No me olvido de publicar: me olvido de Instagram
No tengo una relación especialmente intensa con las redes sociales.
Me olvido de publicar.
No las reviso con frecuencia.
No estoy pendiente de mis perfiles y mucho menos de los perfiles de los demás.
Puedo pasar varios días sin entrar y no experimento ansiedad, síndrome de abstinencia ni la necesidad urgente de saber qué desayunó alguien a quien no conozco.
Tampoco disfruto compartiendo contenido espontáneamente.
Nunca estoy caminando por la calle y pienso: “¡Ay! Esto es increíble, esto tengo que si o si subirlo a stories.”
No fotografío mi café para demostrar que estoy trabajando.
No convierto una visita a un museo en cinco aprendizajes aplicables a los negocios.
Y jamás se me ocurriría grabarme al despertar para darle los buenos días a un grupo de personas que, con toda probabilidad, también acaba de despertarse y tiene problemas más urgentes que saber cómo he despertado yo o a qué hora.
Simplemente no me nace.
Durante mucho tiempo pensé que eso era un defecto que debía corregir. Básicamente porque el mundo actual, con la vorágine en la que estamos metidos, te hace creer que las redes son lo más importante, que son necesarias, que, si no estás en redes, simplemente no existes.
Y todo este tiempo pensé que quizá necesitaba más disciplina.
Una estrategia.
Un calendario de contenidos.
Una rutina.
Alarmas.
Una aplicación que me avisara que había llegado el momento de interrumpir lo que estaba haciendo para contar que lo estaba haciendo.
Hasta que entendí que no tenía ningún problema que solucionar.
No me olvido de las redes porque sea incapaz de organizarme.
Me olvido porque no me interesan demasiado.
Creo que la exposición personal está sobrevalorada
Tampoco me entusiasma la idea de mostrar mi vida.
No porque esconda una existencia secreta y fascinante.
Mi vida privada no es especialmente interesante. Y sospecho que el mundo podrá continuar girando sin saber qué comí, dónde estuve el sábado o qué aspecto tiene mi mesa un martes por la mañana.
Pero, aunque fuera interesantísima, seguiría siendo mía.
No todo lo que vivimos tiene que convertirse en material publicable.
No todos los momentos necesitan una fotografía.
No todas las opiniones necesitan difundirse.
No todas las experiencias tienen que encontrar inmediatamente su ángulo, su titular y sus tres conclusiones.
A veces podemos comer sin fotografiar el plato.
Viajar sin retransmitir el viaje.
Trabajar sin montar una cámara al lado del ordenador.
Leer un libro sin publicar la portada.
Pensar algo sin convertirlo en un carrusel.
Sé que es una propuesta revolucionaria, bastante ilógica para estos tiempos y destinada a sumar cero adeptos. Pero quizá podamos conservar algunas partes de nuestra vida sin preguntarnos cuántas interacciones generarían.
Mostrarte no es lo mismo que comunicar
Trabajo con palabras.
Diseño webs.
Pienso estrategias.
Ayudo a proyectos turísticos a contar mejor lo que hacen y a construir una presencia digital capaz de despertar interés, transmitir confianza y hacer que alguien empiece a imaginar un viaje.
Creo profundamente en la comunicación.
Lo que no creo es que comunicar y exponerse sean la misma cosa.
Puedo enseñarte cómo pienso a través de un artículo.
Puedo mostrarte cómo trabajo a través de una web.
Puedo compartir una idea, analizar una página o contar una historia sin convertir mi vida privada en una demostración permanente de cercanía.
Mi trabajo no es ser el contenido.
Mi trabajo es crearlo.
Y no necesito mostrarme todos los días para demostrar que sé hacerlo.
Una marca personal no debería obligarnos a interpretar una versión pública de nosotros mismos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
Puede construirse con criterio.
Con una voz reconocible.
Con ideas.
Con trabajo.
Con una forma particular de mirar y de hacer las cosas.
Sin necesidad de transformarse en un reality show de baja producción.
El problema no es publicar
Voy a publicar este artículo en mis redes sociales.
En todas.
Instagram, Facebook, Threads, Pinterest y LinkedIn.
Y si me agarras volando bajo, también en Twitter.
Posiblemente lo anuncie varias veces.
No porque haya cambiado de opinión antes de terminar de escribirlo, sino porque el problema nunca fue publicar.
El problema es sentir que debo hacerlo constantemente para que el algoritmo no me castigue con la irrelevancia.
Las redes son canales.
Puedo utilizarlas cuando tengo algo que decir, del mismo modo que puedo tomar un tren sin querer instalarme a vivir en el vagón.
Publicaré artículos.
Compartiré proyectos.
Hablaré de copywriting, diseño web, estrategia y viajes.
Quizá enseñe alguna cosa personal cuando tenga sentido o cuando realmente me apetezca.
Pero no voy a fingir espontaneidad.
No voy a inventarme unas ganas de mostrarme que no tengo.
Y no voy a vender una versión de mí que no existe para encajar en una forma de hacer marketing que nunca me ha gustado.
Si pasan varios días y no publico nada, probablemente no haya ocurrido ninguna tragedia.
Me habré olvidado.
O estaré trabajando.
O leyendo.
O viajando.
O viviendo una parte de mi vida que no necesita convertirse en contenido.
Copy anti-influencer
Cambiar mi nombre en Instagram no fue una gran operación de posicionamiento.
Fue más bien una declaración de principios, y un rato de risas con una amiga (Marie, de @creadorasdeviajes).
No vivo para el algoritmo.
No vendo lo que no soy.
No necesito mostrarme constantemente.
Sigo siendo Travel Copy & Web Designer.
Sigo trabajando con estrategia.
Sigo creyendo que una buena comunicación puede acercar una marca a las personas adecuadas, despertar curiosidad y generar confianza.
Solo que no creo que para conseguirlo tengamos que estar hablando y transmitiendo todo el tiempo.
A veces conviene callarse hasta tener algo que decir.
Esta vez tenía algo que decir.
Por eso escribí este artículo.
Y ahora, si me disculpas, voy a compartirlo en tooooooodas mis redes sociales.
Después seguramente vuelva a olvidarme de ellas.
Y bueno… el algoritmo tendrá que aprender a extrañarme.
