NOTAS DE VIAJE Nº 02 · SAN PEDRO DE ATACAMA
Las ocarinas imposibles de San Pedro de Atacama
Un viaje con mi mejor amiga, dos instrumentos prácticamente intocables y una compra que nunca necesitó ser razonable.
Tengo dos ocarinas en una de las repisas de mi cueva.
Una está formada por tres pequeñas figuras colocadas en línea. La otra, por seis figuras reunidas en círculo. Todas llevan vestimentas del altiplano y sostienen diminutos instrumentos musicales entre las manos.
Son preciosas.
Tienen un sonido profundo, antiguo, altiplánico. Un sonido capaz de llevarme a San Pedro de Atacama con apenas unas notas.
También son incómodas.
Muy incómodas.
La forma, la posición de los agujeros y el misterio de dónde colocar cada dedo convierten el sencillo acto de intentar tocarlas en una disciplina para la que claramente no estoy preparada.
Por eso no las toco nunca.
Pero las miro porque me encantan.
Un mercado con poco desierto
Las compré en 2006 o 2007. No recuerdo exactamente el año, pero sí recuerdo el viaje.
Viajé desde Puerto Varas con Ana, mi mejor amiga, rumbo a San Pedro de Atacama.
En algún momento de esos días atacameños entramos en un mercado artesanal. Aunque llamarlo mercado artesanal exige cierta generosidad por parte del visitante.
El lugar se parecía más a una nave industrial.
Le faltaba atmósfera, identidad, algo que lo conectara con el paisaje extraordinario que había al otro lado de sus paredes. La decoración y la ambientación no habían conseguido llegar hasta allí. Quizá se habían perdido en el desierto.
No recuerdo los puestos.
Tampoco recuerdo a la mayoría de las personas que vendían.
Y apenas conservo una imagen difusa de la mujer a la que le compré las ocarinas. Creo que era atacameña. Estoy segura de que era una mujer. Pero no recuerdo su cara, su voz ni de qué hablamos.
Ni siquiera me enseñó a tocarlas.
Aun así, recuerdo perfectamente el momento en que las vi.
Amor a primera vista
Me encantaron.
Así de sencillo.
No tuve que pensar dónde las pondría, cómo las llevaría de vuelta a casa ni si alguna vez sería capaz de hacerlas sonar correctamente.
Mucho menos me pregunté si necesitaba dos.
Había una ocarina de tres figuras, alineadas una junto a la otra.
Y había otra de seis, formando un círculo.
En ambos casos, las pequeñas figuras tocaban instrumentos del altiplano. Parecían músicos reunidos en mitad de una melodía que solo ellos podían escuchar.
Podría haber elegido una.
Habría sido la decisión práctica.
Pero me pareció que una se sentiría muy sola sin la otra.
Así que compré las dos.
Hay decisiones que necesitan una lista de ventajas e inconvenientes, varios días de reflexión y, en ocasiones, una hoja de cálculo.
Y hay decisiones que se toman porque seis pequeños músicos de barro no pueden abandonar a sus tres compañeros en una nave industrial de San Pedro de Atacama.
No todo en la vida tiene que someterse a la razón.
El pequeño problema de llevarlas a casa
Una vez compradas, apareció un detalle que hasta entonces había preferido ignorar: tenía que transportarlas por más de 2.600 kilómetros.
Las ocarinas eran de barro, voluminosas y estaban llenas de pequeñas partes que parecían especialmente diseñadas para romperse durante un viaje.
Las envolví en ropa y las acomodé dentro de mi mochila. En algunos momentos las llevé en la mano. Las vigilé durante todo el trayecto con esa atención permanente que exigen los objetos frágiles cuando todavía no han llegado a casa.
Cada movimiento podía terminar con una cabeza, un instrumento o uno de aquellos músicos desprendido del conjunto.
Por suerte no ocurrió.
Las nueve personitas sobrevivieron.
Llegaron conmigo a Puerto Varas sin bajas y con todos sus instrumentos intactos.
Después intenté tocarlas.
Una relación complicada con la música
Las dos suenan.
Puedo confirmarlo.
El problema es todo lo que hay que hacer para que suenen.
Una ocarina convencional está pensada para acomodarse entre las manos. Estas, en cambio, parecen haber sido diseñadas sin consultar previamente con ningún dedo humano.
Hay que encontrar la forma de sujetarlas, cubrir correctamente los agujeros y soplar sin que el resto del conjunto se desplace. Las manos no saben muy bien dónde ponerse. Los dedos llegan tarde, mal o directamente no llegan.
Y mientras yo intento producir una melodía, las figuritas siguen ahí, serenas, tocando sus pequeños instrumentos con una soltura bastante irritante. Y fascinante.
Cuando por fin consigo hacerlas sonar, emiten una música hermosa. Profunda. Terrosa. Una música que para mí pertenece al altiplano, al aire seco y a la inmensidad del desierto.
Pero llegar hasta ese sonido requiere una combinación de paciencia, habilidad y anatomía que no poseo.
Por eso no las toco.
No porque no me guste cómo suenan.
Sino porque nuestra relación funciona mucho mejor si ellas permanecen de pie en la repisa y yo no intento demostrar nada. Ni a ellas ni a mí.
Las cosas que no necesitan servir para nada
Con los años he aprendido que no todos los objetos que traemos de un viaje tienen que ser prácticos.
Algunos se usan hasta gastarlos.
Otros terminan olvidados en un cajón.
Y unos pocos encuentran un lugar desde el que siguen contándonos la historia de dónde vienen.
Mis ocarinas están en una repisa, rodeadas de libros, adornando el paisaje de mi cueva.
No amenizan mis tardes.
No interpreto con ellas antiguas melodías andinas.
No he mejorado mi técnica.
Ni siquiera puedo afirmar que sepa tocarlas.
Pero ahí están.
Una junto a la otra, como tenía que ser.
La de tres y la de seis.
Dos pequeños grupos de músicos que cruzaron conmigo medio Chile envueltos en ropa y que, casi veinte años después, siguen llevándome de regreso a San Pedro de Atacama.
Al mercado sin encanto.
Al viaje con Ana.
Al desierto.
Al momento exacto en que las vi y me parecieron irresistibles.
Son incómodas, poco prácticas y completamente innecesarias.
También son dos de los objetos más bonitos que tengo.
Y nunca me he arrepentido de haberlas comprado.
Después de todo, yo podía haber vuelto a casa con una sola ocarina imposible de tocar e irresistible de mirar.
Pero ella se habría sentido muy sola.
